La simbología de la luz en la obra de Gaudí

El año 2015 ha sido declarado por la UNESCO como el Año Internacional de la Luz y las Tecnologías basadas en la Luz.

interior casa batllo barcelona

Si en pintura la luz y la sombra son claves para la creación de una atmósfera y sobre todo para dar volumen, analizando las obras constructivas de Gaudí vemos que la luz fue una de las grandes preocupaciones del genio de Reus. Y a pesar de encontrarse a principios del siglo XX y de no contar con grandes avances tecnológicos al respecto, Gaudí supo ingeniárselas para dotar a sus edificios de una gran luminosidad a través de los materiales, los volúmenes y los colores.

Para el arquitecto la luz perfecta era la luz mediterránea, llegando a afirmar: “La luz que alcanza la máxima armonía es la inclinada a 45º, la cual no incide sobre los cuerpos ni perpendicularmente ni horizontalmente; esta luz, que es la luz media, da la más perfecta visión de los cuerpos y la más matizada valoración. Esta luz es la mediterránea”. Y es que aunque en un primer momento las obras de Gaudí fueron juzgadas por sus extravagantes formas, lo que Gaudí estaba haciendo era arquitecturizar la naturaleza. Para él, el medio natural era la máxima fuente de inspiración y de enseñanza ya que era de donde obtenía las formas más racionales y duraderas. Un ejemplo lo tenemos en la fachada de la Casa Milà, ondulosa y llena de recovecos incomprendidos que dejan que la luz los defina. Una luz que hace dudar al espectador, ¿nos encontramos ante una obra arquitectónica o una obra escultórica? Realmente es una fusión como expone el propio arquitecto: “La arquitectura es la ordenación de la luz; la escultura es el juego de la luz”.

Y es que aunque es de sobra conocido el carácter improvisador de Gaudí, también es cierto que una de las características que no dejaba al azar era la funcionalidad y sobre todo, la luz en sus obras. A pesar de que en un principio algunas formas puedan parecer decorativas, todas responden a finalidades estructurales y básicas, sin olvidar los preceptos decorativos del modernismo, resultando así obras “con luz propia”. Una luz que puede aludir a la naturaleza o a lo divino, o de manera conjunta como se observa en la Cripta de la Colonia Güell, donde la luz es expresión divina a la vez que evoca a la luz natural que aparece entre las sombras de los árboles de un bosque. Otro ejemplo de esta luz divina se observa en la Sagrada Familia que, aunque inacabada, transporta al visitante a un ambiente espiritual gracias a la disposición de las fuentes de luz y el cromatismo de las vidrieras, muy alejado de las vidrieras de época gótica. A pesar de tratarse igualmente de un edificio religioso, nos encontramos con una disposición de vidrieras por gamas cromáticas afines, sin figuras humanas o alusión directa a símbolos religiosos, para Gaudí “el sol es el mejor pintor y la luz cambia según la hora” siendo el resultado una gran sinfonía de color y de luz que va cambiando a lo largo del día.

Pero sin duda, es en la Casa Batlló dónde podemos encontrar la máxima explosión de luz y creatividad; y ello, es gracias a la libertad de creación que Josep Batlló dio a Antoni Gaudí. Desde la fachada a los patios interiores y desde la planta noble al desván, en Casa Batlló, todos los espacios están pensados para obtener una iluminación uniforme y proporcional la mayor parte del día.

Comenzando por la fachada exterior, su forma ondulada y llena de color se aleja de la idea de fachada pesada, al mismo tiempo que da una sensación de ligereza que se refuerza por el resplandor que produce cuando el sol incide sobre los fragmentos de cerámica vidriada. Es sin duda, un resplandor singular que cambia según la intensidad del sol y el tipo de luz, natural por el día y eléctrica por la noche.

exterior casa batllo barcelona

El tratamiento de las formas y del color, para obtener la máxima efectividad de luz, alcanzan su máxima expresión en el doble patio de luces que contiene la escalera y el ascensor. En estos patios, los muros se revisten con piezas de cerámica vidriada –algunas lisas y otras en volumen- en diferentes tonalidades de azul y donde las de mayor oscuridad se sitúan en la parte superior y las de color claro en los pisos inferiores. Mediante esta disposición cromática de los azulejos y gracias a la creación de ventanales de diferente tamaño, Antoni Gaudí consiguió que todas las plantas de la casa tengan una luz homogénea; permitió que el espectador que se sitúa en la parte inferior del patio perciba un color azul uniforme de tono intermedio al mirar hacia arriba, y creo una atmósfera única que te traslada al fondo del mar. Asimismo, consiguió evitar la sensación de pozo cuando se mira hacia abajo desde la planta superior.

Observamos por tanto una genial solución de Gaudí para el reparto de la luz cenital a través del cromatismo y los volúmenes. Una luz que además penetra hasta el sótano a través de lucernarios y pequeñas claraboyas. Fue en esa búsqueda de fuentes de luz, cuando al reformar la planta noble Gaudí tuvo claro que quería aprovechar la luz de los tres lugares disponibles, por un lado la luz que procede del Paseo de Gracia a través de una gran tribuna abierta a la calle, por otro lado la luz del patio trasero, y, por último, la luz cenital a través de ventanas y aberturas en el patio de luces. Es en esta planta del edificio donde el arquitecto investigó con mayor intensidad la idea de planta libre que desarrollaría plenamente en la Casa Milà. Esta concepción permitió sustituir los muros de carga del edificio original por columnas y jácenas, creando muros-cortina con el mínimo de carpintería y con el objetivo de permitir el paso del máximo de luz posible a través de las vidrieras y consiguió inventar la ventana continua del Salón de la Planta Noble que permitía abrirse al exterior sin ningún tipo de interrupción. Para evitar un posible exceso de luz solar, aportó calidez situando en la parte alta del ventanal unas vidrieras emplomadas con diferentes variantes de azul y que suavizan la luz diurna. Cabe destacar que este recurso de incorporar vidrieras, lo repitió en diferentes puertas interiores permitiendo de este modo que las estancias que no daban directamente a una fuente de luz también la recibieran desde alguna de las tres fuentes.

Otro espacio también destacado por el uso de la luz en este edificio es el desván y los pasillos que lo rodean, donde Gaudí se alejó del cromatismo utilizado en la fachada y los patios interiores y abogó por un único color: el blanco. Esta solución se aplicó con el objetivo de aprovechar al máximo la luz solar procedente de las aberturas de ventilación y dotó así a este espacio de toda la luz natural posible, una luz tamizada y suave, cuyo efecto se ve reforzado por la angulosidad de los tabiques enyesados y la ausencia de aristas.

Aparte de estos tres destacados espacios de la Casa, vemos como cualquier estancia de la casa presenta lucernarios de mayor o menor tamaño que permite que todos dispongan de luz natural. Son así la luz y el color los elementos intangibles clave en esta obra maestra de la arquitectura de principios del siglo XX.

En definitiva, cada edificio de Gaudí planteó innovadoras soluciones para aprovechar la luz solar, desde la cúpula con perforaciones circulares del Palau Güell hasta los arcos parabólicos enyesados de los pasillos del Colegio de las Teresianas, gracias a la disposición de los materiales, el estudio de las fuentes de luz natural y las tonalidades cromáticas Gaudí consiguió que cada obra brillase con luz propia.

 

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